Fátima y la descomposición social

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El oprobioso crimen contra Fátima, la niña de 7 años que fue secuestrada, torturada y asesinada en la ciudad de México, y que ha provocado un enojo generalizado en todo el país, retrata la cruda realidad que  vivimos desde hace más de diez años, cuando el gobierno equivocadamente le declaró la guerra al crimen, y que arrastró a la sociedad a vivir, sufrir y ver hasta con cierta «normalidad», la muerte, la violencia y el encono social.

En el país, según los números oficiales se asesinan a 10 mujeres al día y se cometen 90 homicidios dolosos cada 24 horas. Estos sucede desde años, y terriblemente todos nos hemos acostumbrado a verlo como algo común.

Hace una semanas, asesinaron a Abril, una mujer sanpetrina que alertó a la autoridad judicial del calvario que vivía con su ex marido y terminó asesinada brutalmente por este. Hace diez días, en el Estado de México le pasó a Ingrid, que a manos de su esposo y ante los ojos de su hijo con autismo, fue literalmente despedazada. La semana pasada ocurrió lo de Fátima, la niña que fue sacuestrada por una mujer y este domingo apareció muerte en una bolsa de basura. Y todos los días, desde hace más de una década, se publican y se cuentan las historias de terror, de mascares, de familias asesinadas y de decenas de desaparecidos.

México es un país de nota roja, donde todas las noticias que dan los medios de comunicación están relacionadas con la sangre, la muerte y las bandas de la delincuencia que operan impunemente con la complacencia y la complicidad de los gobiernos, de todos los niveles y de todos los partidos.

El gobierno no puede con el problema de la violencia y la criminalidad: es torpe, demagogo e inútil; y lo que es peor, no admite que se equivoca o reparte culpas para evadir su responsabilidad. La sociedad por su parte, a pesar de tener acceso a las redes sociales y exigir cuentas a la autoridad, se pierden en sus catársis; dicen y acusan de todo, pero no actúan. Desde sus dispositivos despotrican y dan rienda suelta a sus fobias partidistas, pero hasta ahí.

La sociedad se ha vuelto como el gobierno: timorata y complaciente.

El gobierno, por ley está obligado a garantizar la paz y la seguridad de la sociedad, y no lo hace, y la sociedad tiene y está en su derecho de exigir, pero no le hacen caso. ¿Entonces qué hacemos?, se cuestionaba este lunes un analista cuando hablaban del caso de Fátima.

-«Volver a nuestros orígenes y ponernos en manos de la autoridad de divina», seguiría.

«Sí», complementaba.

«Cuidarnos nosotros mismos en casa y hacer conciencia en nuestros hijos. Como padres o jefes de familia infundir e inculcar los valores morales a los nuestros de lo que es bueno y lo que es malo, y alzar los ojos y encomendarnos al cielo. No nos queda otra».

¿Y el gobierno?, que hacer con él?.

-«Pues que Dios lo perdone, o que en las urnas los castigue el votante…», proponía.

Lo de Fátima, lo de Abril, de Ingrid y los miles de desaparecidos y víctimas de esta violencia sangrienta, son motivos de sobra reflexionar dónde estamos y a dónde vamos.

No actuar hoy, puede costar más dolor de lo que ya estamos viendo y viviendo.